El arte de enseñar y de aprender

Carlos Ayala Ramírez *

Habitualmente cuando se habla de educación se la concibe como uno de los instrumentos más poderosos para mejorar el bienestar de las personas. Y los argumentos que sustentan tal posición suelen ser los siguientes: la educación permite que la gente desarrolle sus habilidades, destrezas y capacidades; contribuye a que los seres humanos participen activa y conscientemente en el mejoramiento de su entorno familiar, comunitario y social; cuando las personas cuentan con más y mejor educación, aumentan las posibilidades de llevar una vida prolongada, saludable y de buena calidad; finalmente, se argumenta que la educación es un factor que influye en la reducción de la pobreza y la exclusión social, así como en la construcción de sociedades más democráticas, tolerantes, estables y pacíficas.

Concedido este grado de importancia a la educación, se sigue naturalmente de ello que el Estado no puede dejarla a la demanda privada y a una fuente comercializada de oferta, sino que tiene que proveer los medios necesarios y ocuparse de que los ciudadanos reciban efectivamente la preparación que necesitan. En El Salvador, por ejemplo, ahora mismo los esfuerzos en materia educativa se concentran en alcanzar al menos, para el 2015, las tres metas correspondientes a los Objetivos de Desarrollo del Milenio: educación primaria universal, el 100% de alfabetización de las personas entre 15 y 24 años, y que el 100% de estudiantes que inician el primer grado alcancen el quinto. Qué duda  cabe que enfrentar estos aspectos, así como los relacionados con la calidad de la educación, deben ser una necesidad prioritaria.

Ahora bien, reconociendo la importancia de esas áreas, hay otros temas esenciales al quehacer educativo que suelen estar ocultos por lo urgente o lo pragmático. Uno de ellos es el significado de aprender y enseñar. Una parte sustancial de la calidad educativa tiene que ver con la forma cómo se realizan ambos procesos. Un valioso enfoque sobre el método para enseñar y aprender lo ofrece la tradición educativa de la Compañía de Jesús. Según la pedagogía jesuítica, el método didáctico debe provocar una actitud activa e interactiva entre docentes y estudiantes

En un primer momento, la maestra o el maestro hacen interesantes «sus intereses” (prelección), es decir, presentan cuidadosa, creativa y brevemente la temática que deberá estudiarse. En segundo lugar, se produce la intervención del alumno con su trabajo personal sobre el material orientado y entregado por el educador (comprensión de un tema y juicio personal sobre él). En tercer lugar, la acción conjunta entre educador y discípulo en el plano de la aplicación práctica del conocimiento, de cara a asimilar, profundizar y dominar lo que se ha propuesto como objeto de estudio. Estos son los pasos del arte de enseñar y se complementan con unas técnicas instrumentales de aprendizaje (el arte de aprender) que son preponderantemente responsabilidad de alumnos y alumnas: primero, saber escuchar, contestar, discernir y discutir; segundo, saber preguntar y consultar; tercero, saber tomar notas o apuntes; cuarto, saber preleer la lección y leer libros; quinto, saber expresarse en público; sexto, saber estructurar y redactar textos.

En la tradición ignaciana, educar es provocar, acompañar, estimular, y evaluar unos procesos personales que parten de la propia identidad del hombre o la mujer. La propuesta pedagógica ignaciana no es propiamente una metodología, sino una pedagogía (conjunto de procesos) que permite capacitar y preparar al estudiante en los conocimientos necesarios para su crecimiento humano y su vida en la sociedad. De ahí que el objetivo fundamental de la pedagogía ignaciana sea ayudar a formar hombres y mujeres para los demás y con los demás. En este sentido – y hablando de la educación universitaria – el Superior General de los jesuitas, Adolfo Nicolás, recuerda en uno de sus escritos cuatro características de la persona humana íntegra e integral, a partir de cuatro cualidades que empiezan con la letra «C”: conscientes, competentes, compasivas y comprometidas.

Conscientes de sí mismas y del mundo en el que viven, con sus dramas, pero también con sus gozos y esperanzas. Competentes para afrontar los problemas técnicos, sociales y humanos. Compasivas para dejarse afectar por el sufrimiento de los demás. Comprometidas con la causa de la justicia y de los valores fundamentales que nos hacen más humanos. En pocas palabras, se trata de una calidad educativa que genera calidad humana.

En suma, el arte de enseñar y aprender en la pedagogía ignaciana implica: ver la realidad en su contexto social y personal (no busca un conocimiento aislado y estático); incorporar toda la experiencia humana en el proceso de aprender y educarse (pensamientos, sentimientos, intereses, motivaciones, etc.); enseñar a pensar (analizar críticamente la realidad); buscar la unificación entre teoría y práctica, con especial énfasis en la acción orientada al compromiso con los excluidos de la sociedad ; y buscar la excelencia (enseña a hacer las cosas correctas y bien hechas). Esto último implica el elemento crítico y objetivo del proceso de aprendizaje.

Vigilemos para que los objetivos más o menos inmediatos y pragmáticos que hoy se trazan los gobiernos en materia educativa, no pierdan de vista la finalidad humanista de la educación: sacar la mejor calidad humana de sus habitantes, esto es, saber aprender (extender el aprendizaje durante toda la vida); saber hacer (adquirir competencias para hacer frente a las diversas situaciones); saber ser (tener identidad responsable y autónoma); y saber convivir (en solidaridad y cordialidad).

* Carlos Ayala Ramírez, Director de Radio Ysuca.

Fuente: Adital